La crisis de la crisis de la crisis de la filología
Artículo de Javier del Hoyo, algo antiguo ya, donde se analizan las histerias y los problemas varios que los filólogos llevamos a cuestas desde Nietzsche. Es bastante extenso para estos lares, así que selecciono las partes importantes, como buen ex logsiano. El texto completo (Filología clásica, ¿disciplina en crisis?, para quien le interese) se puede encontrar en Dialnet:
[...]
Echar la culpa al fantasma del paro, que en nuestra licenciatura
-aunque existe- es menor que en otras carreras de Letras, creemos
que es enjuiciar apresuradamente el gran descenso de alumnos que
está padeciendo nuestra especialidad. El futuro no es muy halagüeño
para el licenciado en Filología Clásica, cierto, pero tampoco lo
es para otras licenciaturas de Letras, donde la matrícula sigue siendo
muy numerosas. número de alumnos de Filología Arabe en la
UAM, por ejemplo, es muy superior hoy al de Filología Clásica y
se trata, sin embargo, de una especialidad a la que acceden sin ningún
conocimiento previo, y con menos posibilidades reales, aparentemente
por el momento, en cuanto a salidas profesionales.
Debiéramos ser más realistas e indagar otro tipo de causas. Si profundizamos
un poco, veremos que el tipo de alumno que accede a
nuestras aulas, producto no sólo de su tiempo, sino también de un
sistema educativo que buena parte de los profesores universitarios
actuales no hemos conocido (EGB – BUP), (REM), (Primaria – ESO
- Bachillerato), viene señalado e influido por unas características de
los actuales planes educativos, que en nada favorecen -en nuestra
opinión- a los estudios de Filología Clásica. A continuación enumeramos
algunos de esos factores ambientales, educativos, sociales
y personales que -a nuestro juicio- dificultan el aumento de alumnos
en nuestra especialidad.
-pérdida de la capacidad lógica y de raciocinio de los alumnos.
Ello provoca no ya que hagan malas traducciones (siempre las ha
habido, y todos las hemos hecho en algún momento), sino traducciones
absurdas, sin ningún sentido en el propio idioma, fuera detoda lógica, con continuas aberraciones sintácticas,” traducciones
que -si no fuera porque hay una nota por medio- le harían sospechar
al profesor que le están tomando el pelo. En aquellos exámenes
cuyo contenido son textos traducidos y comentados previamente
en clase y se realizan sin diccionario, los alumnos tienden a aprendérselos
de memoria. Basta suprimirles una frase, cambiarles algunas
palabras, etc. para darse cuenta de ello.” No copian (algunos
puede que sí), lo que ocurre es que se lo han aprendido de memoria.
Actualmente, en aquellas asignaturas que eligen como materias
de libre configuración alumnos de Derecho, Historia, etc. puede comprobarse
su facilidad para memorizar y desarrollar temas teóricos y
la gran dificultad para traducir cinco líneas.
Esta pérdida de la capacidad lógica puede comprobarse por las
dificultades enormes que tienen de resolver un silogismo, por sencillo
que sea. En este sentido nos ha servido para nuestro propósito
en estos últimos años, y es un fácil medio de amenizar las clases,
proponer algunos problemas de lógica que deben resolver en casa,
y cuya solución se ve al comenzar la clase siguiente.
- infravaloración si no teórica, sí al menos práctica de la memoria
en los primeros estadios de la educación, cuando sabemos que
ésta juega un papel importante dentro de nuestros estudios. Con ello
no queremos caer en una contradicción con lo que acabamos de decir
en el punto anterior. Se sobrevalora la capacidad de discusión de temas concretos, pero ¿cómo poder enjuiciarlos sin tener datos a
mano? La existencia de CD-Rom y otros cibermedios con diccionarios
de frecuencias, autores, palabras, etc. -y la búsqueda fácil e
inmediata de términos o secuencias de una cadena hablada (escrita
en el caso de las lenguas clásicas)- no invalida en absoluto la memorización
y correcta comprensión de conceptos y términos.
- eliminación, en los ciclos iniciales de la enseñanza, del trabajo
personal en favor del colectivo, cuando una buena traducción
debe ser siempre una obra totalmente personal. La propia disposición
de los pupitres en los primeros años de escolarización (en hexágono,
pentágono, etc.) está en función de este trabajo en común, y
fomenta muy positivamente las relaciones sociales y otra serie de
valores, pero no la capacidad crítica del alumno.
- menosprecio social de las disciplinas humanísticas en favor
de las Ciencias positivas y de los saberes técnicos. López Ibor incidía
hace ya varios años en un ensayo en que «es necesario que, a
la par que los nuevos conocimientos técnicos, se cultive en la sociedad
contemporánea lo que de humano hay en el hombre».12 Hasta
hace tres décadas el humanista era valorado como tal; hoy, en cambio,
se va generalizando la mentalidad de que las Humanidades
son para los torpes, para los que no dan la nota suficiente para
otras carreras, y no faltan padres que lamentan que su hijola haga
filología o filosofía «habiendo sacado nada menos que un 7.8 en
selectividad» (i !);
-falta de creatividad (en nuestra sociedad se da casi todo hecho),
cuando una buena traducción es fundamentalmente creativa y entra
-como diría repetidamente M. Dolg- en el campo del arte.13 Desde
los juguetes de los niños hasta el panorama lúdico de los adolescentes,
el sistema educativo en general tiende a fomentar muy poco
el espíritu creativo, a darlo casi todo hecho (señalemos como caso
extremo campañas publicitarias o eslóganes de partidos políticos con
el lema «pensamos por usted»). Esto puede observarse en los trabajos
que los universitarios realizan, normalmente «fusilados»
siguiendo el argot estudiantil, hechos de los recortes y sumas de trabajos anteriores, o bien de libros que el alumno, en su ingenuidad,
sospecha que el profesor desconoce. Y es triste comprobar que los
alumnos prefieren «hacer» trabajos que exámenes, sobre todos si
éstos son de pensar.
- mentes extraordinariamente receptivas, pero poco activas (pensemos
en las horas que pasa un adolescente ‘captado’ por la televisión
o el vídeo). Nunca como hoy se ha vivido con tanta intensidad
el gregarismo intelectual,14 cuando la crítica literaria o el análisis de
textos requieren desmarcarse de opiniones preestablecidas, requieren
-en definitiva- que el alumno piense por cuenta propia;
- cultura del click. Siempre que yo aprieto un botón, acciono
un tecla, intervengo una función, toda una serie de mecanismos se
ponen en marcha. Los jóvenes de hoy viven el «aquí y ahora» con
intensidad. Les gusta lo inmediato, lo automático, cuando una buena
traducción requiere tiempo, está reñida con las prisas (vivimos en
la cultura de la velocidad), y desde luego siempre necesita retoques,
siempre es susceptible de mejoras, de cambios.
- inconstancia. Muchos jóvenes comienzan cosas (estudios, la
práctica de un deporte, de un hobby, una relación afectiva …) de las
que muy pronto se cansan. Es cierto que puede haber habido una
elección muy precipitada en sus inicios, pero entonces también
podría hablarse de capricho. Un ejemplo muy gráfico: La nueva
forma de ver televisión es un intento de buscar pastos más verdes
en las programaciones mediante la constante utilización del mando
a distancia, o lo que en algunos medios se ha llamado «picotea».
Así primero vino el zapping (saltar de un canal a otro para evitar
los anuncios), luego el zipping (pasar más deprisa la cinta de vídeo
para evitar los anuncios en una grabación) y finalmente la utilización
del mando a distancia de modo que es la televisión en sí misma
-y no los programas- la que se convierte en entretenimiento. De esta forma, el homo sapiens caracterizado por saborear las cosas asimiladas previamente, se va convirtiendo paulatinamente en homo
zappiens. Filología Clásica, sin embargo, -les insistimos a los alumnos
año tras año- es una especialidad propia de alumnos que podríamos
denominar «de octubre a junio», no como otras carreras en que
quizás se puede aprobar con maratonianas sesiones de estudio a
partir de mayo. En ésta son más importantes los «muchos pocos
que los pocos muchos». Con dos horas diarias de latín y otras dos
diarias de griego se puede sacar brillantemente la carrera. El latín
y el griego no son lo que denominamos ‘asignaturas Juan Tenorio’:
«un día para recopilarlas (las hojas y apuntes no tomados), otro para
fotocopiarlas, uno para estudiarlas, otro para escribirlas y dos para
olvidarlas».
- cultivo del mínimo esfuerzo. Está relacionada con la anterior.
A. Fontán habló en los cursos de verano de El Escorial (1990) precisamente
de que «hay que introducir otra vez la moral del esfuerzo,
que está muy baja de tono».” En una entrevista realizada en 1980
a licenciados en Filología Clásica y alumnos de 5″ curso, a la pregunta
de «Aspectos de la personalidad e inteligencia de mayor a
menor importancia para seguir estos estudios», destacaron claramente
sobre los demás aspectos ,que los futuros alumnos deben «tener
mucha fuerza de voluntad».’8 Ultimamente, la proliferación de ediciones
bilingües y de buenas traducciones en nuestro país hace que
nuestros alumnos las utilicen cada vez más, sin desarrollar ningún
esfuerzo previo enfrentándose directamente con el texto hasta que
éste comience a hacerse diáfano.
- retroceso de la capacidad de pensar conceptualmente y de
expresarlo mediante el lenguaje. Este era el resultado de unas
investigaciones pedagógicas realizadas a comienzos de la década
de los sesenta, que a su vez hacían notar el gran desarrollo de la
capacidad de cálculo.20 Esto puede verse claramente en los comentarios
de texto que los alumnos hacen en selectividad, donde tien-den a repetir el texto propuesto con otras palabras (a veces con
las mismas).
-pérdida del afán de saber. Se percibe entre los alumnos un
«estar de vuelta de todo» que implica también pérdida de los hábitos
de leer y escuchar. Y ello conduce a una pobreza extraordinaria
de la competencia idiomática. Ello se constata no sólo en las faltas
de ortografía, cada vez más numerosas, sino en el desconocimiento
de un vocabulario básico (explicando la evolución de lectorilem, en
el curso 1996-97 pudimos comprobar que ¡sólo un alumno de una
clase de 2″ de especialidad sabía lo que era un atril!)
Concluimos, pues, que todas estas condiciones adversas, producto
de un tiempo, de unos hábitos sociales y unos métodos educativos,
son lastres que dificultan gravemente seguir los estudios de
Humanidades en general, y de Filología Clásica en concreto, y desvían
a muchos bachilleres de nuestros estudios hacia otros menos exigentes
y específicos, o con otras características humanas y mentales.
¿Habrá que concederle, pues, la razón a A. García y Bellido cuando decía que Ia «Filología Clásica es la aristocracia de las Letras?»
[...]
Con la entrada en vigor de la Ley General de Educación de 1971,
puesta en marcha con el ministro Villar Palasí, se inicia la masificación
de las Enseñanzas Medias. Fue entonces cuando quedaron
suprimidas las reválidas del Bachillerato medio y superior, y se impuso
la EGB como obligatoria. Ello forzó un aumento desmesurado
en la plantilla de profesores de bachillerato. Al no ser suficientes los
numerarios, hizo su aparición la figura del PNN. Como, por otra
parte, los licenciados en Filología Clásica eran pocos y no podían
abastecer las necesidades del Ministerio, licenciados en áreas de
conocimiento cercanas como Filología Hispánica, Geografía e
Historia, Filosofía, Ciencias de la Educación, e incluso Ciencias de
la Información ocuparon esas vacantes. Ello motivó, en buena medida, el bajo nivel de los alumnos en el conocimiento de los textos,
con el consiguiente desprestigio de la asignatura. Las clases se han
limitado en muchos casos a suministrar un barniz cultural.
Todo ello ha motivado que el latín se imparta en el bachillerato
-a veces- de forma precaria y cada vez encuentre menos defensores
entre los propios alumnos, que ven en la asignatura una materia
inútil. Es lógico. Nos gustaría saber cuántos alumnos que recibieran
un solo año de inglés en el BUP, en el que aprendieran unos cuantos
conocimientos de Historia de Inglaterra y curiosidades sueltas
sobre los deportes, el vestido, las comidas y costumbres inglesas,
pero que al terminar el Bachillerato no pudieran leer ningún texto
medianamente largo en inglés, ni entendieran la banda original de
una canción o de una película inglesa, o un parte informativo de la
BBC, o simplemente una conversación, o no pudieran escribir una
sola línea ni, por supuesto, hablar su lengua, pensarían que el inglés
es una materia útil.
Sí, ciertamente, se precisan más años de latín y mucha más orientación
hacia la lengua y los textos (y una Selectividad mucho más
específica, por supuesto, pero eso no está ya en nuestra mano). La
cultura clásica está bien y debe existir, pero es otra cosa. En este
sentido estimamos que algunas innovaciones pedagógicas en el
campo de la didáctica de las lenguas clásicas que hemos visto presentar
con vivo entusiasmo en esta última década en Congresos y
Simposios de Estudios Clásicos como «solución a todos nuestros
males», han hecho más daño al latín y a las Lenguas Clásicas en
general que todo el bien que se esperaba extraer de ellos.23 Por el
contrario, hemos de elogiar la labor de aquellos catedráticos de
IBIIES que han sabido exigir, y se han centrado en la lengua latina
(por árida que sea en sus comienzos) y los textos, pues han sabido
comunicar no sólo conocimientos sino gusto por la asignatura
Con ello no nos decantamos, evidentemente, por métodos tradicionales
terriblemente aburridos, repetitivos y normativos (en El club
de los poetas muertos, al hacer una crítica de un sistema educativo
tradicional de la Inglaterra de los cincuenta, el profesor de latín
es quien sale peor parado). Es preciso una renovación de la pedagogía,
pero sin traicionar lo esencial.
[...]
b) Cursar una carrera no deseada
Como consecuencia inmediata de lo anterior, muchos de los jóvenes
que acceden cada año a nuestras aulas universitarias comienzan
una carrera no deseada, algunos por no tener nota suficiente, otros
por no haber plazas en la Facultad en que desean ingresar (caso propio
de bastantes que aprueban la Selectividad en septiembre). Este
caso se acentúa en Filología Clásica, que en muchas universidades
no pide nota para ingresar (5.0), ni cubre las plazas ofertadas.
c) El estudio de una lengua muerta
«Y el latín, ¿para qué sirve?» No será fácil en un principio convencer
al alumno de que la pregunta está mal formulada. Existen
materias instrumentales, que sirven para, y otras que son esenciales,
que son en sí y por sí mismas, y no tienen por qué servir o no
servir. Un coche sirve para, una cuchara sirve para, pero a nadie se
le ocurre preguntar para qué sirve amar, tener un hijo, leer un libro
de poemas, regalar una flor, o contemplar la sonrisa de un niño. En
efecto, en la Universidad también hay carreras que sirven para, y
hay otras cuya misión es dar un sentido a todos aquellos que ejercen
una profesión instrumental.
Tan difícil como esto será convencerles de que el latín no es una
lengua muerta, sino la misma que nosotros hablamos antes de evolucionar
en unos cuantos puntos concretos. Pero si están en capacidad
de escuchar, puede argumentarse que resulta fundamental
para:
- estructurar el pensamiento, porque «una cultura de tipo clásico
proporciona al individuo una capacidad real de elaborar sistemas
propios de pensamiento, capacidad de producir las propias ideas a
partir de situaciones dadas»;27
- dotar a la persona de una visión global de los problemas frente
a los estudios exclusivamente técnicos;28
- despertar el interés humanístico. Homo sum: humani nihil a me
alienum puto (Terencio, Heaut. 77). Aun sin darle la razón a O.
Spengler (La decadencia del mundo occidental), ni compartir el alarmismo
de A. Houxley o G. Orwell, sería ciego no reconocer una
cierta deshumanización de las estructuras del hombre moderno, a
despecho de todos los adelantos de carácter material. A través del
estudio del mundo clásico, el alumno aprende a ver con otros ojos
el complejo mundo que le rodea;
- ayudar a establecer una jerarquía de valores. El latinista no se
enfrenta, como el físico o el naturalista, con objetos sino con pensamientos
de otros hombres que le merecen su aprobación o repulsa,
le sugieren un cúmulo de nuevas ideas o le producen un determinado
goce estético;
- desarrollar la capacidad de juicio crítico. Mediante el ejercicio
de la traducción, el alumno se va acostumbrando a valorar las diversas
posibilidades lingüísticas de un texto, con vistas a hacer en su
momento una traducción acertada. Desarrolla asimismo su capacidad crítica al hacer una valoración de las ideas que transmiten los textos, al realizar un comentario pormenorizado de sus instituciones,
ideas filosóficas, concepción de la Historia, de la religión, de
las distintas manifestaciones artísticas, etc.;
- ayudar a interpretar el presente. La literatura, el arte, el pensamiento
occidental son deudores en mayor o menor medida del clásico.
Es sorprendente, por ejemplo, ver cine con ojos clásicos y poder
extraer temas, argumentos, resolución de conflictos con base en la
tragedia griega o en el mito clásico;
- aumentar ostensiblemente el vocabulario de la lengua española
y de las demás lenguas románicas de nuestro país;
- utilizar con más propiedad el español (y, en su caso, las demás
lenguas románicas de España) al conocer de cada palabra su étimo,
su significado original y la evolución semántica sufrida;
- aprender con mayor facilidad otras lenguas románicas (italiano,
francés. ..);
- conocer los orígenes de nuestra lengua, cultura, pensamiento,
costumbres, etc. no despreciando el concepto de «memoria histórica
»;29 fundamental en el devenir y continuo construirse de un pueblo.
La inmensa riqueza del latín como «patrimonio genético» permite
la continua renovación cultural, artística, histórica, filosófica,
etc. del acerbo europeo.
Concluimos, por todo ello, que el latín es materia fundamental para
la formación de la persona, aunque al final de una serie de años de estudio
apenas se haya aprendido latín. Igual que el deporte (permítasenos
la comparación) es necesario para la educación integral del joven por
la formación de las capacidades psicomotrices, el desarrollo armónico del cuerpo, la ayuda de su estabilidad psíquica, etc. y, sin embargo, sólo
uno de cada cien jóvenes será buen deportista y sólo uno de cada cien
buenos deportistas será campeón de élite, así el latín resulta necesario,
aunque sólo uno de cada cien bachilleres estudie Filología Clásica y
sólo uno de cada cien filólogos llegue a ser un maestro indiscutible.
d) Futuro profesional
No todos, más bien una minoría de alumnos, van a seguir los
estudios de Filología Clásica.” La mayoría va a estudiar Filología
Hispánica o Moderna. Muchos han elegido una Filología Moderna
(Inglesa, Francesa principalmente), no porque les guste la Filología
en sí, sino por huir de las carreras de Ciencias y10 por tener aptitudes
para algún idioma en que han profundizado en estancias veraniegas
en ese país. En consecuencia, el latín de lo como asignatura
obligatoria se convierte en una «maría» que debe pasarse como sea
y, a ser posible, con el menor esfuerzo.’~
e) Método de trabajo en Bachillerato
El BUP ha tenido (y el actual Bachillerato tiene) un plan de estudios
con excesivas horas de clase, lo que impide el trabajo personalizado.
Ello dificulta la comprensión de los textos y el razonamiento
de las traducciones en una labor serena y metódica. Abundan
en alumnos de veintitantos años -como ya vimos- traducciones
absurdas, «hechas con pegamento». Sorprende no tanto que la traducción
esté mal hecha, como la sucesión de incongruencias en el
texto traducido en cuanto al contenido y a la propia forma (concordancia,
sintaxis en general, etc.) Quizás se deba a que los alumnos
están más acostumbrados a memorizar que a razonar, lo mismo que
prefieren copiar apuntes literalmente que irlos elaborando a medida que el profesor habla. Estas actitudes están en estrecha relación con
todo lo dicho anteriormente sobre la dificultad de estudiar Filología
Clásica y el descenso de alumnos, debido precisamente a los niveles
de dificultad que entraña la especialidad.
A tenor de lo dicho, parece cierto que los estudios de Filología
Clásica requieren unos niveles de dificultad si no más elevados, sí
distintos que aquellos a los que los alumnos están acostumbrados.
Concluiríamos, pues, que la falta de interés de los alumnos por esta
disciplina no se debe tanto al deterioro del prestigio de las
Humanidades (que existe y no se puede negar), como a la dificultad
de enfrentarse con métodos de trabajo para los que no han sido
preparados anteriormente. Enseñar a traducir es básicamente enseñar a pensar, ejercicio que quizás no se desarrolla suficientemente
en la Enseñanza Media. Por ello, la crisis de la Filología Clásica no
es la crisis del latín y del griego, sino la suma de varios factores
como el deterioro de un método educativo que se inicia en la infancia,
una conciencia social esencialmente pragmática y utilitarista,
unos intereses políticos muy determinados, un método de trabajo
ajeno a la lógica, un tenor de vida … Si queremos restaurar de nuevo
los estudios clásicos, necesitamos algo más que muchas horas y buenos
docentes en el nuevo bachillerato. ¿Qué? Quizás la luna, como
A. Camus hace pedir a Calígula en su obra homónima. Difícil, pero
posible. Nos quedan aún esperanzas, porque desde hace unos años
sabemos que el hombre es capaz de llegar a ella.
JAVIER DEL HOYO
Universidad autónoma de Madrid
Del Hoyo no conocía aún el plan Bolonia cuando escribió esto, pero dudo mucho que su postura al respecto se diferenciara en algo: supone para la universidad, a nivel cultural, lo que la LOGSE para la enseñanza media, y desde luego el papel del latín no sale mejor parado (ha dejado de ser obligatorio en primero de Hispánicas, Francés, Italiano y todas las lenguas románicas, con lo que uno puede salir perfectamente con el título bajo el brazo sin conocer siquiera unas nociones básicas de evoluciones lingüísticas sobre su propia filología, por poner lo más pragmático). Para creer en la esperanza de la que habla al final se acaba necesitando otra esperanza a mayores, y más grande.
Por otra parte, tampoco ha dicho nada que no conociéramos. Supongo. Además, se echa en falta alguna referencia al modelo anglosajón, que es de donde estamos importando todas estas patochadas educativas; aunque sinceramente no creo que pueda reprochársele nada de lo escrito.
Vale.
El URI para hacer TrackBack a esta entrada es: http://floodland.es/catalogodelasnaves/2010/01/28/la-crisis-de-la-crisis-de-la-crisis-de-la-filologia/trackback/
