Retórica shakespeariana

En 1953 salía al cine la hasta entonces mejor adaptación del Julio César de Shakespeare, dirigida por Joseph L. Mankiewicz y con Marlon Brando como Marco Antonio, consiguiendo un Oscar y mereciendo la fama de haber puesto en pantalla una actuación mucho mejor de lo que la mayoría de las veces se podría ver en la tarima de un teatro. Es la figura de Bruto, y no la de César, la que se analiza y en la que se ahonda, de manera que puede decirse que el personaje que da título a la obra es sólo el motor superior que lleva al análisis del protagonista, pero eso son términos bastante pantanosos. César, de hecho, muere a mitad de la representación, justo después de un último acto de egolatría (con un símil muy agudo, todo sea dicho) y pronunciando el célebre et tu, Brute que muchas veces incluso se toma como las palabras reales. César se desploma entonces delante de la estatua de Pompeyo, el enemigo al que había abatido para hacerse con el poder de una República que ahora lo mata a puñaladas, y los senadores salen del edificio gritando la libertad de su oligarquía corrupta que llevaba años derrumbándose:

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Es en la escena siguiente, al salir Bruto a las escaleras del Senado para justificar el asesinato ante la plebe, cuando Shakespeare -y Mankiewicz en su adaptación- suelta toda una serie de “artefactos” retóricos dignos de la genialidad de ese monstruo del teatro. Estamos justo a dos pasos de la escena del crimen, con un asesino que habla con las manos aún manchadas de sangre y un populacho a punto de una revuelta contra la aristocracia. Empieza entonces un auténtico epidíctico en el que Bruto tiene que hacer gala de toda su habilidad como orador para convencer al pueblo de algo que va claramente en contra de sus propios intereses, para asegurarse la supervivencia de todo el partido senatorial:

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A pesar de todo, Bruto no dice absolutamente nada. Ha matado a César porque César, en su ambición, iba contra Roma al pretender dominar a un Senado corrupto y harto de guerras civiles. Es decir, identifica a Roma únicamente con el Senado que él defiende, pero de eso el pueblo no consigue darse cuenta. La “personificación” de la patria para defender los intereses aristocráticos era algo que Cicerón ya había hecho poco antes en las Catilinarias, o que haría Tito Livio allá por el libro II de su historia de Roma, y Shakespeare lo sabe. Es bastante cómico, por otra parte, ver cómo saca el puñal con el que mató a César y diga que lo tiene dispuesto para sí mismo si es necesario, aunque para eso sus intereses políticos tendrían que ser completamente los inversos.

El caso es que, de todas formas, consigue convencer a la plebe, pero comete un fallo enorme al dejar hablar a Marco Antonio, que hasta ahora ha jugado muy bien cada una de sus bazas. No lo tiene muy difícil para volver a convencer al populacho de la “pietas” de César: los dos pertenecen al partido popular y sólo tiene que recordarle a la plebe lo que el muerto ha hecho por ella; pero el problema está en no “incomodar” a los asesinos, que son ahora los dueños de la República.

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El estilo de su oratoria es impresionante y soberbio (genus sublime), y más si es interpretado por Marlon Brando, aunque diga todo lo contrario para asegurarse la benevolencia del auditorio, algo así como un argumento socrático al uso. Empieza haciendo una reflexión general que se refiera a un hecho particular (el mal que hacen los hombres les sobrevive, el bien queda frecuentemente sepultado entre sus huesos), y a partir de ahí hace toda una apología en la que tiene pendiente al pueblo del testamento de César, que sirve como guinda final del discurso. La tensión aumenta a medida que se va anunciando la lectura de ese testamento: se descubre el cuerpo del asesinado (en Retórica siempre es mucho mejor mostrar que describir), desciende ante el auditorio reflejando que a diferencia de los aristócratas asesinos él está junto al pueblo, y se va demostrando con hechos que la ambición de César no era tan grave -sino al contrario- como parecía en el discurso de Bruto. Aun así, donde expone todo su ingenio es justo donde más lo necesitaba: en ningún momento dice ir en contra de Bruto ni del resto de asesinos (más al contrario, los está elogiando al llamarlos “honrados” continuamente aunque tengan las manos manchadas de sangre), incluso detiene a los oyentes la primera vez que quieren correr contra el Senado, así que es sólo el pueblo el que se levanta en armas, y todo por culpa de Bruto al haber permitido que se elogiaran los “logros” de César. Marco Antonio consigue de esa manera tres objetivos fundamentales: honrar el cadáver de su amigo, dañar al partido senatorial y, lo más importante, tener a la plebe a su favor para ocupar el puesto que César aún no había logrado conseguir.

La recreación que hace Shakespeare es, por tanto, de una calidad insuperable, al igual que todas las tragedias que le siguieron. No sólo se presenta estéticamente un hecho de sobra conocido sobre la historia de Roma, sino que también se percibe un reflejo de toda la convulsa situación de la Inglaterra isabelina, y es la adaptación de Mankiewicz lo que nos ha permito tenerlo en cine.

Vale.

Publicada el: en 06/03/2010 a las 14:58 Comentarios (0)

De rerum supernatura

Umberto Eco, en El vértigo de las listas, cita una sección bastante curiosa de las Etimologías de San Isidoro de Sevilla para ilustrar lo que sería algo así como el exponente máximo de catálogo de seres maravillosos, asunto del que por otra parte ya se había ocupado el Fisiólogo en su tratado al uso. La sección entera (III, liber XI) está repleta de referencias al mundo del imaginario medieval y todo lo esperable en una obra “filológica” del siglo VI, pero no deja de resultar bastante llamativo el hecho de intercalar un pequeño bestiario con tanta erudición (aunque las fuentes sean deprimentes para el caso que le hace) en un conjunto de obras que recopilan todo el saber conocido con un criterio tan humanista.

No he encontrado on-line la cita de Eco, así que he traducido las partes más destacables, que sinceramente no se desmerecen nada. La introducción se basa en una pequeña aclaración de conceptos, con un estilo bastante repetitivo y ordenados con un rigor sui generis:

Inter portentum autem et portentuosum differt. Nam portenta sunt quae transfigurantur, sicut fertur in Vmbria mulierem peperisse serpentem. Vnde Lucanus: Matremque suus conterruit infans.Portentuosa vero levem sumunt mutationem, exempli causa cum sex digitis nati. Portenta igitur vel portentuosa existunt alia magnitudine totius corporis ultra communem hominum modum, quantus fuit Tityon in novem iugeribus iacens, Homero testante: alia parvitate totius corporis, ut nani, vel quos Graeci Pygmaeos vocant, eo quod sint statura cubitales. Alii a magnitudine partium, veluti capite informi, aut superfluis membrorum partibus, ut bicipites et trimani, vel cynodontes, quibus gemini procedunt dentes. Alii a defectu partium, in quibus altera pars plurimum deficit ab altera, ut manus a manu, vel pes a pede. Alii a decisione, ut sine manu aut capite generata, quos Graeci steresios vocant. Alia praenumeria, quando solum caput aut crus nascitur. Alia, quae in parte transfigurantur, sicut qui leonis habent vultum vel canis, vel taurinum caput aut corpus, ut ex Pasiphaë memorant genitum Minotaurum; quod Graeci ἑτερομορφίαν vocant.

Debe diferenciarse entre “portento” [portentum] y “portentoso” [portentuosum]. Así, entendemos como “portentos” a las cosas transfiguradas, como eso que se comenta en Umbría acerca de la mujer que parió una serpiente, de donde Lucano afirma: “Y la propia criatura aterrorizó a su madre”. Por otro lado, los hechos “portentosos” son las pequeñas mutaciones, como por ejemplo un niño nacido con seis dedos. Existe, en consecuencia, tanto el portento como lo portentoso, algunos de los cuales se consideran tales por la forma del cuerpo más grande de lo que es común en el hombre, como es el caso de Titón, quien, según testifica Homero, acostado medía nueve pulgadas. Otros, en cambio, sobresalen por la pequeñez del total del cuerpo, como los enanos, o aquéllos a quienes los griegos llaman pigmeos, ya que su estatura no supera el codo de alto. Otros destacan por la magnitud de sus partes, como los deformes de cabeza o los dotados de miembros superfluos –por ejemplo, los que tienen dos cabezas o tres manos-, o bien los cinodontes, a quienes les crecen los dientes en dos filas. Otros por la carencia de miembros, o por miembros menos desarrollados que otros, como una mano más que la otra mano o un pie más que el otro pie. Otros por la desaparición de una de esas partes, como los nacidos sin mano o sin pie, a los que los griegos llaman esteresios. Otros a quienes llamaremos “uninúmeros” [praenumeria], cuando sólo nace la cabeza o la pierna. Otros son los que nacen con una deformidad en alguna de las partes, como quienes tienen rostro de león o de perro, o bien cabeza o cuerpo de toro, como el Minotauro engendrado por Pasifae, fenómeno que los griegos han denominado heteromorfia.

El asunto se vuelve más interesante cuando habla de los “hermafroditas” (el concepto es general, sabe dios dónde los ubica), a los que pone al mismo nivel de todos los deformes y monstruos de los que escribió aquí atrás, como había hecho con los pigmeos:

Alia conmixtione generis, ut ἀνδρόγυνοι et ἑρμαφροδῖται vocantur. Hermaphroditae autem nuncupati eo quod eis uterque sexus appareat. Ἐρμῆς quippe apud Graecos masculus, Ἀφροδίτη femina nuncupatur. Hi dexteram mamillam virilem, sinistram muliebrem habentes vicissim coeundo et gignunt et pariunt.

Otros por la confusión de género: los andróginos y hermafroditas. Los llamados hermafroditas presentan cualidades de ambos géneros –Hermes es el prototipo de masculinidad entre los griegos, mientras que Afrodita lo es de la feminidad-. Éstos, teniendo el lado derecho de hombre y el izquierdo de mujer, engendran y paren unidos.

Para la mentalidad tradicional la derecha es siempre mejor que la izquierda (siniestra), todo sea dicho.

Luego sigue con la descripción de monstruos de países remotos, aunque por lo que se ve no parece demasiado seguro de lo que dice, y sigue en su pretensión de no citar ninguna fuente, lo que deja al lector bastante perdido entre leyendas medievales:

In ultimo autem Orientis monstruosae gentium facies scribuntur. Aliae sine naribus, aequali totius oris planitie, informes habentes vultus. Aliae labro subteriori adeo prominenti ut in solis ardoribus totam ex eo faciem contegant dormientes. Panotios apud Scythiam esse ferunt, tam diffusa magnitudine aurium ut omne corpus ex eis contegant.

Se ha escrito asimismo acerca de gentes con monstruoso rostro en el extremo Oriente: algunos sin nariz, igual de planos en toda la cara deforme que tienen; otros con el labio inferior tan prominente que, mientras duermen, pueden cubrirse el rostro entero para defenderse de los rigores del sol. Dicen también que entre los escitas están los panocios [Panotios], de orejas de tan gran extensión que con ellas se cubren todo el cuerpo.

Y ya por último, es bastante llamativo ver la “cristianización” que hace de la mitología clásica, subvirtiendo el concepto al decir que los faunos son tan cristianos como los que más, y que fueron los paganos los que deformaron la idea que se tiene de ellos, cuando es exactamente al revés. Una prueba de que el mundo cristiano, o por lo menos el intelectual, siguió interesado por el saber antiguo desde los primeros tiempos, lo que permitió que se conservara buena parte del conocimiento grecolatino, aunque tan transfigurado como los monstruos.

Satyri homunciones sunt aduncis naribus; cornua in frontibus, et caprarum pedibus similes, qualem in solitudine Antonius sanctus vidit. Qui etiam interrogatus Dei servo respondisse fertur dicens (Hieron. vit. Paul. erem. 8): ‘Mortalis ego sum unus ex accolis heremi, quos vario delusa errore gentilitas Faunos Satyrosque colit.’

Los sátiros son pequeños hombrecillos de narices curvadas, con un cuerno en la frente, con pies parecidos a los de las cabras, y con uno de los cuales se encontró San Antonio en la soledad de sus meditaciones. Habiéndole preguntado el siervo de Dios, se cuenta que dijo: “Yo soy sólo un mortal de los que habitan en el desierto, a quienes por varios errores los paganos adoran como faunos o sátiros”.

Vale.

Publicada el: en 22/02/2010 a las 22:46 Comentarios (0)

Sueños e imitación


Leyendo el Libro de los sueños de Borges, donde recopila un buen número de textos sobre el tema en cuestión, me encuentro con el siguiente relato anónimo, chino según parece, fechado más o menos alrededor del 300 a.C., en pleno helenismo occidental:

Un leñador de Cheng se encontró en el campo con un ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en el bosque y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el sitio donde lo había ocultado y creyó que todo había ocurrido en un sueño. Lo contó, como si fuera un sueño, a toda la gente. Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar el ciervo escondido y lo encontró. Lo llevó a su casa y dijo a su mujer:

-Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó dónde lo había escondido y ahora yo lo he encontrado. Ese hombre sí que es un soñador.

-Tú habrás soñado que viste un leñador que había matado un ciervo. ¿Realmente crees que hubo un leñador? Pero como aquí está el ciervo, tu sueño debe ser verdadero -dijo la mujer.

-Aun suponiendo que encontré el ciervo por un sueño -contestó el marido- ¿a qué preocuparse averiguando cuál de los dos soñó?

Aquella noche el leñador volvió a su casa, pensando todavía en el ciervo, y realmente soñó, y en el sueño soñó el lugar donde había ocultado el ciervo y también soñó quién lo había encontrado. Al alba fue a casa del otro y encontró el ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que resolviera el asunto. El juez le dijo al leñador:

-Realmente mataste un ciervo y creíste que era un sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad. El otro encontró el ciervo y ahora te lo disputa, pero su mujer piensa que soñó que había encontrado un ciervo que otro había matado. Luego, nadie mató al ciervo. Pero como aquí está el ciervo, lo mejor es que se lo repartan.

El caso llegó a oídos del rey de Cheng y el rey de Cheng dijo:

-¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?

Cuando es el autor, o quizá el lector, el que sueña lo que lee, pero de eso van a tardar siglos en darse cuenta.

Es conocido de sobra el estudio que hizo Aristóteles acerca del fenómeno literario (“poética”, para entenderse): la literatura es una imitación de la realidad donde se crea una ficción sujeta a normas particulares, y así es verosímil -pero imposible en nuestro mundo- que Edipo se encuentre con una esfinge y es inverosímil -pero posible- que allí mismo aparezca un helicóptero militar lleno de marines de la Operation enduring freedom; de esa manera el realismo literario sólo sería un mundo ficcional con las lógicas que lo rigen adaptadas al nuestro. En China la teoría de Aristóteles tardaría en llegar, si es que llegó alguna vez, pero la preocupación inconsciente por el tema ya se aprecia en historitas como la anterior, donde se intuye que la literatura se permite el lujo de funcionar igual que los sueños, y no es extraño confundirlos:

Chuang Tzu soñó que era una mariposa, y no sabía, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa o si era una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.

O bien, con otro tinte:

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Y así:

Thus have I had thee, as a dream doth flatter,
in sleep a king, but walking no such matter.

(Tenerte fue el halago cual de un sueño:
dormido yo era un rey; despierto, nada).

Si la literatura es imitación y los sueños son imitación, entonces la literatura funciona igual que los sueños. Y por eso cuando en Niebla el protagonista se enteraba de que no era más que el personaje de una nivola, inconscientemente no quiso que Unamuno despertara. Uno ya sabe que es poeta cuando duerme.

Vale.

Publicada el: en 13/02/2010 a las 12:43 Comentarios (0)

El diablo de Mann


En el capítulo XXV del Doktor Faustus de Thomas Mann está el siguiente diálogo entre Adrian Leverkühn (el protagonista, un músico prodigioso y misántropo, acosado por la enfermedad en la soledad de su casa, con experiencias vitales calcadas de Nietzsche y Schömberg) y Mefistófeles (producto, quizá, de su mente enferma, que se ha presentado con un frío incómodo):

-Él: [...] Queda tiempo, mucho tiempo, incalculable. Tiempo es lo mejor, lo más personal que podemos dar. Nuestro regalo preferido es el reloj de arena. El agujero a través del cual se escurre la rojiza arenilla es tan fino que el ojo no consigue percibir cómo va disminuyendo el contenido de la cavidad superior. Sólo al final parece precipitarse el movimiento. Pero el final está lejos, tan grande es la estrechez del agujerito. Lejos, muy lejos. No vale la pena hablar y pensar en ello. Pero el reloj está en movimiento, la arena ha empezado a escurrirse, y de esto quiero hablar contigo, precisamente. [...]

-Yo: [...] En su caso el acto de gracia tiene poco ímpetu, es una actividad lánguida. El término medio no tiene vida teológica. Una caída en el pecado, tan sin remedio que el pecador llega a desesperar, en lo más profundo de la salvación, es el verdadero camino teológico para alcanzarla.
-Él: Muy ingenioso. ¿Y de dónde vais a sacar, tú y tus iguales, la inocencia, la desesperación ingenua y sin medida, que son condición para entrar en la gracia por ese camino de dolor? ¿No comprendes que el especular con la atracción que el pecado ejerce sobre la bondad es algo que imposibilita ya de por sí el acto de gracia?
-Yo: Y, sin embargo, este non plus ultra es el único camino para llegar a la máxima exaltación de la existencia dramático-teológica, es decir, a las simas del pecado, y, por ellas, a la irresistible provocación de la bondad infinita.
-Él: No está mal. Muy ingenioso, la verdad. Pero he de decirte que el infierno está precisamente poblado de cabezas como la tuya. No es tan fácil penetrar en el infierno. Si diéramos entrada a todos los Pérez y a todos los López, tiempo ha que nos faltaría sitio. Pero un tipo teológico como el que tú representas, un pájaro tan astuto, capaz de especular con la especulación porque de su padre heredó ya el arte especulativo, muy extraño habría de ser que no acabara cayendo en la red de Satanás. [...]

Es bastante curioso ver cómo ha evolucionado la figura del diablo desde que empezó a ser la estrella de una cuantas obras literarias. No es el demonio monstruoso y simplificado de la Edad Media, que provocaba terror sólo a la vista; tampoco es el diablo de Goethe, ambiguo en cuanto a físico, capaz de pactar con Dios la perdición de Fausto; y desde luego no es el “Mefisto” aburguesado del Romanticismo o de Los hermanos Karamazov, esa especie de dandi con actitudes aristocráticas y una maldad bastante diluida. Mann lo pinta con una idiosincrasia que va del vagabundo al intelectual de cafetería, bajito, sereno, intrigante, inmutable ante los insultos de Leverkühn porque él mismo parece haberlos planeado. Ha cambiado radicalmente el concepto de maldad, se ha “humanizado” por decirlo de alguna forma, y es ese realismo sin pasión lo que provoca hasta cierto punto un mayor espanto en la mente del siglo XX, sobre todo cuando consigue que el músico pacte 24 años de genialidad a cambio de un final funesto, metáfora bastante clara del camino que eligió seguir Alemania con el nazismo.

Fuera de ello, la novela es de las obras cumbre del siglo. El estilo de Mann es denso, y si uno no entiende de música lo lleva claro para comprender unos cuantos pasajes, pero el argumento y el trasfondo hacen que, a mi entender, sea la mejor versión del mito de Fausto que se ha hecho nunca, y que Bulgákov se calle.

Publicada el: en 05/02/2010 a las 16:33 Comentarios (210)

La crisis de la crisis de la crisis de la filología

Artículo de Javier del Hoyo, algo antiguo ya, donde se analizan las histerias y los problemas varios que los filólogos llevamos a cuestas desde Nietzsche. Es bastante extenso para estos lares, así que selecciono las partes importantes, como buen ex logsiano. El texto completo (Filología clásica, ¿disciplina en crisis?, para quien le interese) se puede encontrar en Dialnet:

[...]

Echar la culpa al fantasma del paro, que en nuestra licenciatura
-aunque existe- es menor que en otras carreras de Letras, creemos
que es enjuiciar apresuradamente el gran descenso de alumnos que
está padeciendo nuestra especialidad. El futuro no es muy halagüeño
para el licenciado en Filología Clásica, cierto, pero tampoco lo
es para otras licenciaturas de Letras, donde la matrícula sigue siendo
muy numerosas. número de alumnos de Filología Arabe en la
UAM, por ejemplo, es muy superior hoy al de Filología Clásica y
se trata, sin embargo, de una especialidad a la que acceden sin ningún
conocimiento previo, y con menos posibilidades reales, aparentemente
por el momento, en cuanto a salidas profesionales.
Debiéramos ser más realistas e indagar otro tipo de causas. Si profundizamos
un poco, veremos que el tipo de alumno que accede a
nuestras aulas, producto no sólo de su tiempo, sino también de un
sistema educativo que buena parte de los profesores universitarios
actuales no hemos conocido (EGB – BUP), (REM), (Primaria – ESO
- Bachillerato), viene señalado e influido por unas características de
los actuales planes educativos, que en nada favorecen -en nuestra
opinión- a los estudios de Filología Clásica. A continuación enumeramos
algunos de esos factores ambientales, educativos, sociales
y personales que -a nuestro juicio- dificultan el aumento de alumnos
en nuestra especialidad.

-pérdida de la capacidad lógica y de raciocinio de los alumnos.
Ello provoca no ya que hagan malas traducciones (siempre las ha
habido, y todos las hemos hecho en algún momento), sino traducciones
absurdas, sin ningún sentido en el propio idioma, fuera detoda lógica, con continuas aberraciones sintácticas,” traducciones
que -si no fuera porque hay una nota por medio- le harían sospechar
al profesor que le están tomando el pelo. En aquellos exámenes
cuyo contenido son textos traducidos y comentados previamente
en clase y se realizan sin diccionario, los alumnos tienden a aprendérselos
de memoria. Basta suprimirles una frase, cambiarles algunas
palabras, etc. para darse cuenta de ello.” No copian (algunos
puede que sí), lo que ocurre es que se lo han aprendido de memoria.
Actualmente, en aquellas asignaturas que eligen como materias
de libre configuración alumnos de Derecho, Historia, etc. puede comprobarse
su facilidad para memorizar y desarrollar temas teóricos y
la gran dificultad para traducir cinco líneas.
Esta pérdida de la capacidad lógica puede comprobarse por las
dificultades enormes que tienen de resolver un silogismo, por sencillo
que sea. En este sentido nos ha servido para nuestro propósito
en estos últimos años, y es un fácil medio de amenizar las clases,
proponer algunos problemas de lógica que deben resolver en casa,
y cuya solución se ve al comenzar la clase siguiente.

- infravaloración si no teórica, sí al menos práctica de la memoria
en los primeros estadios de la educación, cuando sabemos que
ésta juega un papel importante dentro de nuestros estudios. Con ello
no queremos caer en una contradicción con lo que acabamos de decir
en el punto anterior. Se sobrevalora la capacidad de discusión de temas concretos, pero ¿cómo poder enjuiciarlos sin tener datos a
mano? La existencia de CD-Rom y otros cibermedios con diccionarios
de frecuencias, autores, palabras, etc. -y la búsqueda fácil e
inmediata de términos o secuencias de una cadena hablada (escrita
en el caso de las lenguas clásicas)- no invalida en absoluto la memorización
y correcta comprensión de conceptos y términos.

- eliminación, en los ciclos iniciales de la enseñanza, del trabajo
personal en favor del colectivo, cuando una buena traducción
debe ser siempre una obra totalmente personal. La propia disposición
de los pupitres en los primeros años de escolarización (en hexágono,
pentágono, etc.) está en función de este trabajo en común, y
fomenta muy positivamente las relaciones sociales y otra serie de
valores, pero no la capacidad crítica del alumno.

- menosprecio social de las disciplinas humanísticas en favor
de las Ciencias positivas y de los saberes técnicos. López Ibor incidía
hace ya varios años en un ensayo en que «es necesario que, a
la par que los nuevos conocimientos técnicos, se cultive en la sociedad
contemporánea lo que de humano hay en el hombre».12 Hasta
hace tres décadas el humanista era valorado como tal; hoy, en cambio,
se va generalizando la mentalidad de que las Humanidades
son para los torpes, para los que no dan la nota suficiente para
otras carreras, y no faltan padres que lamentan que su hijola haga
filología o filosofía «habiendo sacado nada menos que un 7.8 en
selectividad» (i !);

-falta de creatividad (en nuestra sociedad se da casi todo hecho),
cuando una buena traducción es fundamentalmente creativa y entra
-como diría repetidamente M. Dolg- en el campo del arte.13 Desde
los juguetes de los niños hasta el panorama lúdico de los adolescentes,
el sistema educativo en general tiende a fomentar muy poco
el espíritu creativo, a darlo casi todo hecho (señalemos como caso
extremo campañas publicitarias o eslóganes de partidos políticos con
el lema «pensamos por usted»). Esto puede observarse en los trabajos
que los universitarios realizan, normalmente «fusilados»
siguiendo el argot estudiantil, hechos de los recortes y sumas de trabajos anteriores, o bien de libros que el alumno, en su ingenuidad,
sospecha que el profesor desconoce. Y es triste comprobar que los
alumnos prefieren «hacer» trabajos que exámenes, sobre todos si
éstos son de pensar.

- mentes extraordinariamente receptivas, pero poco activas (pensemos
en las horas que pasa un adolescente ‘captado’ por la televisión
o el vídeo). Nunca como hoy se ha vivido con tanta intensidad
el gregarismo intelectual,14 cuando la crítica literaria o el análisis de
textos requieren desmarcarse de opiniones preestablecidas, requieren
-en definitiva- que el alumno piense por cuenta propia;

- cultura del click. Siempre que yo aprieto un botón, acciono
un tecla, intervengo una función, toda una serie de mecanismos se
ponen en marcha. Los jóvenes de hoy viven el «aquí y ahora» con
intensidad. Les gusta lo inmediato, lo automático, cuando una buena
traducción requiere tiempo, está reñida con las prisas (vivimos en
la cultura de la velocidad), y desde luego siempre necesita retoques,
siempre es susceptible de mejoras, de cambios.

- inconstancia. Muchos jóvenes comienzan cosas (estudios, la
práctica de un deporte, de un hobby, una relación afectiva …) de las
que muy pronto se cansan. Es cierto que puede haber habido una
elección muy precipitada en sus inicios, pero entonces también
podría hablarse de capricho. Un ejemplo muy gráfico: La nueva
forma de ver televisión es un intento de buscar pastos más verdes
en las programaciones mediante la constante utilización del mando
a distancia, o lo que en algunos medios se ha llamado «picotea».
Así primero vino el zapping (saltar de un canal a otro para evitar
los anuncios), luego el zipping (pasar más deprisa la cinta de vídeo
para evitar los anuncios en una grabación) y finalmente la utilización
del mando a distancia de modo que es la televisión en sí misma
-y no los programas- la que se convierte en entretenimiento. De esta forma, el homo sapiens caracterizado por saborear las cosas asimiladas previamente, se va convirtiendo paulatinamente en homo
zappiens. Filología Clásica, sin embargo, -les insistimos a los alumnos
año tras año- es una especialidad propia de alumnos que podríamos
denominar «de octubre a junio», no como otras carreras en que
quizás se puede aprobar con maratonianas sesiones de estudio a
partir de mayo. En ésta son más importantes los «muchos pocos
que los pocos muchos». Con dos horas diarias de latín y otras dos
diarias de griego se puede sacar brillantemente la carrera. El latín
y el griego no son lo que denominamos ‘asignaturas Juan Tenorio’:
«un día para recopilarlas (las hojas y apuntes no tomados), otro para
fotocopiarlas, uno para estudiarlas, otro para escribirlas y dos para
olvidarlas».

- cultivo del mínimo esfuerzo. Está relacionada con la anterior.
A. Fontán habló en los cursos de verano de El Escorial (1990) precisamente
de que «hay que introducir otra vez la moral del esfuerzo,
que está muy baja de tono».” En una entrevista realizada en 1980
a licenciados en Filología Clásica y alumnos de 5″ curso, a la pregunta
de «Aspectos de la personalidad e inteligencia de mayor a
menor importancia para seguir estos estudios», destacaron claramente
sobre los demás aspectos ,que los futuros alumnos deben «tener
mucha fuerza de voluntad».’8 Ultimamente, la proliferación de ediciones
bilingües y de buenas traducciones en nuestro país hace que
nuestros alumnos las utilicen cada vez más, sin desarrollar ningún
esfuerzo previo enfrentándose directamente con el texto hasta que
éste comience a hacerse diáfano.

- retroceso de la capacidad de pensar conceptualmente y de
expresarlo mediante el lenguaje. Este era el resultado de unas
investigaciones pedagógicas realizadas a comienzos de la década
de los sesenta, que a su vez hacían notar el gran desarrollo de la
capacidad de cálculo.20 Esto puede verse claramente en los comentarios
de texto que los alumnos hacen en selectividad, donde tien-den a repetir el texto propuesto con otras palabras (a veces con
las mismas).

-pérdida del afán de saber. Se percibe entre los alumnos un
«estar de vuelta de todo» que implica también pérdida de los hábitos
de leer y escuchar. Y ello conduce a una pobreza extraordinaria
de la competencia idiomática. Ello se constata no sólo en las faltas
de ortografía, cada vez más numerosas, sino en el desconocimiento
de un vocabulario básico (explicando la evolución de lectorilem, en
el curso 1996-97 pudimos comprobar que ¡sólo un alumno de una
clase de 2″ de especialidad sabía lo que era un atril!)
Concluimos, pues, que todas estas condiciones adversas, producto
de un tiempo, de unos hábitos sociales y unos métodos educativos,
son lastres que dificultan gravemente seguir los estudios de
Humanidades en general, y de Filología Clásica en concreto, y desvían
a muchos bachilleres de nuestros estudios hacia otros menos exigentes
y específicos, o con otras características humanas y mentales.
¿Habrá que concederle, pues, la razón a A. García y Bellido cuando decía que Ia «Filología Clásica es la aristocracia de las Letras?»

[...]

Con la entrada en vigor de la Ley General de Educación de 1971,
puesta en marcha con el ministro Villar Palasí, se inicia la masificación
de las Enseñanzas Medias. Fue entonces cuando quedaron
suprimidas las reválidas del Bachillerato medio y superior, y se impuso
la EGB como obligatoria. Ello forzó un aumento desmesurado
en la plantilla de profesores de bachillerato. Al no ser suficientes los
numerarios, hizo su aparición la figura del PNN. Como, por otra
parte, los licenciados en Filología Clásica eran pocos y no podían
abastecer las necesidades del Ministerio, licenciados en áreas de
conocimiento cercanas como Filología Hispánica, Geografía e
Historia, Filosofía, Ciencias de la Educación, e incluso Ciencias de
la Información ocuparon esas vacantes. Ello motivó, en buena medida, el bajo nivel de los alumnos en el conocimiento de los textos,
con el consiguiente desprestigio de la asignatura. Las clases se han
limitado en muchos casos a suministrar un barniz cultural.
Todo ello ha motivado que el latín se imparta en el bachillerato
-a veces- de forma precaria y cada vez encuentre menos defensores
entre los propios alumnos, que ven en la asignatura una materia
inútil. Es lógico. Nos gustaría saber cuántos alumnos que recibieran
un solo año de inglés en el BUP, en el que aprendieran unos cuantos
conocimientos de Historia de Inglaterra y curiosidades sueltas
sobre los deportes, el vestido, las comidas y costumbres inglesas,
pero que al terminar el Bachillerato no pudieran leer ningún texto
medianamente largo en inglés, ni entendieran la banda original de
una canción o de una película inglesa, o un parte informativo de la
BBC, o simplemente una conversación, o no pudieran escribir una
sola línea ni, por supuesto, hablar su lengua, pensarían que el inglés
es una materia útil.

Sí, ciertamente, se precisan más años de latín y mucha más orientación
hacia la lengua y los textos (y una Selectividad mucho más
específica, por supuesto, pero eso no está ya en nuestra mano). La
cultura clásica está bien y debe existir, pero es otra cosa. En este
sentido estimamos que algunas innovaciones pedagógicas en el
campo de la didáctica de las lenguas clásicas que hemos visto presentar
con vivo entusiasmo en esta última década en Congresos y
Simposios de Estudios Clásicos como «solución a todos nuestros
males», han hecho más daño al latín y a las Lenguas Clásicas en
general que todo el bien que se esperaba extraer de ellos.23 Por el
contrario, hemos de elogiar la labor de aquellos catedráticos de
IBIIES que han sabido exigir, y se han centrado en la lengua latina
(por árida que sea en sus comienzos) y los textos, pues han sabido
comunicar no sólo conocimientos sino gusto por la asignatura
Con ello no nos decantamos, evidentemente, por métodos tradicionales
terriblemente aburridos, repetitivos y normativos (en El club
de los poetas muertos, al hacer una crítica de un sistema educativo
tradicional de la Inglaterra de los cincuenta, el profesor de latín
es quien sale peor parado). Es preciso una renovación de la pedagogía,
pero sin traicionar lo esencial.

[...]

b) Cursar una carrera no deseada
Como consecuencia inmediata de lo anterior, muchos de los jóvenes
que acceden cada año a nuestras aulas universitarias comienzan
una carrera no deseada, algunos por no tener nota suficiente, otros
por no haber plazas en la Facultad en que desean ingresar (caso propio
de bastantes que aprueban la Selectividad en septiembre). Este
caso se acentúa en Filología Clásica, que en muchas universidades
no pide nota para ingresar (5.0), ni cubre las plazas ofertadas.

c) El estudio de una lengua muerta
«Y el latín, ¿para qué sirve?» No será fácil en un principio convencer
al alumno de que la pregunta está mal formulada. Existen
materias instrumentales, que sirven para, y otras que son esenciales,
que son en sí y por sí mismas, y no tienen por qué servir o no
servir. Un coche sirve para, una cuchara sirve para, pero a nadie se
le ocurre preguntar para qué sirve amar, tener un hijo, leer un libro
de poemas, regalar una flor, o contemplar la sonrisa de un niño. En
efecto, en la Universidad también hay carreras que sirven para, y
hay otras cuya misión es dar un sentido a todos aquellos que ejercen
una profesión instrumental.
Tan difícil como esto será convencerles de que el latín no es una
lengua muerta, sino la misma que nosotros hablamos antes de evolucionar
en unos cuantos puntos concretos. Pero si están en capacidad
de escuchar, puede argumentarse que resulta fundamental
para:
- estructurar el pensamiento, porque «una cultura de tipo clásico
proporciona al individuo una capacidad real de elaborar sistemas
propios de pensamiento, capacidad de producir las propias ideas a
partir de situaciones dadas»;27
- dotar a la persona de una visión global de los problemas frente
a los estudios exclusivamente técnicos;28
- despertar el interés humanístico. Homo sum: humani nihil a me
alienum puto (Terencio, Heaut. 77). Aun sin darle la razón a O.
Spengler (La decadencia del mundo occidental), ni compartir el alarmismo
de A. Houxley o G. Orwell, sería ciego no reconocer una
cierta deshumanización de las estructuras del hombre moderno, a
despecho de todos los adelantos de carácter material. A través del
estudio del mundo clásico, el alumno aprende a ver con otros ojos
el complejo mundo que le rodea;
- ayudar a establecer una jerarquía de valores. El latinista no se
enfrenta, como el físico o el naturalista, con objetos sino con pensamientos
de otros hombres que le merecen su aprobación o repulsa,
le sugieren un cúmulo de nuevas ideas o le producen un determinado
goce estético;
- desarrollar la capacidad de juicio crítico. Mediante el ejercicio
de la traducción, el alumno se va acostumbrando a valorar las diversas
posibilidades lingüísticas de un texto, con vistas a hacer en su
momento una traducción acertada. Desarrolla asimismo su capacidad crítica al hacer una valoración de las ideas que transmiten los textos, al realizar un comentario pormenorizado de sus instituciones,
ideas filosóficas, concepción de la Historia, de la religión, de
las distintas manifestaciones artísticas, etc.;
- ayudar a interpretar el presente. La literatura, el arte, el pensamiento
occidental son deudores en mayor o menor medida del clásico.
Es sorprendente, por ejemplo, ver cine con ojos clásicos y poder
extraer temas, argumentos, resolución de conflictos con base en la
tragedia griega o en el mito clásico;
- aumentar ostensiblemente el vocabulario de la lengua española
y de las demás lenguas románicas de nuestro país;
- utilizar con más propiedad el español (y, en su caso, las demás
lenguas románicas de España) al conocer de cada palabra su étimo,
su significado original y la evolución semántica sufrida;
- aprender con mayor facilidad otras lenguas románicas (italiano,
francés. ..);
- conocer los orígenes de nuestra lengua, cultura, pensamiento,
costumbres, etc. no despreciando el concepto de «memoria histórica
»;29 fundamental en el devenir y continuo construirse de un pueblo.
La inmensa riqueza del latín como «patrimonio genético» permite
la continua renovación cultural, artística, histórica, filosófica,
etc. del acerbo europeo.

Concluimos, por todo ello, que el latín es materia fundamental para
la formación de la persona, aunque al final de una serie de años de estudio
apenas se haya aprendido latín. Igual que el deporte (permítasenos
la comparación) es necesario para la educación integral del joven por
la formación de las capacidades psicomotrices, el desarrollo armónico del cuerpo, la ayuda de su estabilidad psíquica, etc. y, sin embargo, sólo
uno de cada cien jóvenes será buen deportista y sólo uno de cada cien
buenos deportistas será campeón de élite, así el latín resulta necesario,
aunque sólo uno de cada cien bachilleres estudie Filología Clásica y
sólo uno de cada cien filólogos llegue a ser un maestro indiscutible.

d) Futuro profesional
No todos, más bien una minoría de alumnos, van a seguir los
estudios de Filología Clásica.” La mayoría va a estudiar Filología
Hispánica o Moderna. Muchos han elegido una Filología Moderna
(Inglesa, Francesa principalmente), no porque les guste la Filología
en sí, sino por huir de las carreras de Ciencias y10 por tener aptitudes
para algún idioma en que han profundizado en estancias veraniegas
en ese país. En consecuencia, el latín de lo como asignatura
obligatoria se convierte en una «maría» que debe pasarse como sea
y, a ser posible, con el menor esfuerzo.’~

e) Método de trabajo en Bachillerato
El BUP ha tenido (y el actual Bachillerato tiene) un plan de estudios
con excesivas horas de clase, lo que impide el trabajo personalizado.
Ello dificulta la comprensión de los textos y el razonamiento
de las traducciones en una labor serena y metódica. Abundan
en alumnos de veintitantos años -como ya vimos- traducciones
absurdas, «hechas con pegamento». Sorprende no tanto que la traducción
esté mal hecha, como la sucesión de incongruencias en el
texto traducido en cuanto al contenido y a la propia forma (concordancia,
sintaxis en general, etc.) Quizás se deba a que los alumnos
están más acostumbrados a memorizar que a razonar, lo mismo que
prefieren copiar apuntes literalmente que irlos elaborando a medida que el profesor habla. Estas actitudes están en estrecha relación con
todo lo dicho anteriormente sobre la dificultad de estudiar Filología
Clásica y el descenso de alumnos, debido precisamente a los niveles
de dificultad que entraña la especialidad.

A tenor de lo dicho, parece cierto que los estudios de Filología
Clásica requieren unos niveles de dificultad si no más elevados, sí
distintos que aquellos a los que los alumnos están acostumbrados.
Concluiríamos, pues, que la falta de interés de los alumnos por esta
disciplina no se debe tanto al deterioro del prestigio de las
Humanidades (que existe y no se puede negar), como a la dificultad
de enfrentarse con métodos de trabajo para los que no han sido
preparados anteriormente. Enseñar a traducir es básicamente enseñar a pensar, ejercicio que quizás no se desarrolla suficientemente
en la Enseñanza Media. Por ello, la crisis de la Filología Clásica no
es la crisis del latín y del griego, sino la suma de varios factores
como el deterioro de un método educativo que se inicia en la infancia,
una conciencia social esencialmente pragmática y utilitarista,
unos intereses políticos muy determinados, un método de trabajo
ajeno a la lógica, un tenor de vida … Si queremos restaurar de nuevo
los estudios clásicos, necesitamos algo más que muchas horas y buenos
docentes en el nuevo bachillerato. ¿Qué? Quizás la luna, como
A. Camus hace pedir a Calígula en su obra homónima. Difícil, pero
posible. Nos quedan aún esperanzas, porque desde hace unos años
sabemos que el hombre es capaz de llegar a ella.

JAVIER DEL HOYO
Universidad autónoma de Madrid

Del Hoyo no conocía aún el plan Bolonia cuando escribió esto, pero dudo mucho que su postura al respecto se diferenciara en algo: supone para la universidad, a nivel cultural, lo que la LOGSE para la enseñanza media, y desde luego el papel del latín no sale mejor parado (ha dejado de ser obligatorio en primero de Hispánicas, Francés, Italiano y todas las lenguas románicas, con lo que uno puede salir perfectamente con el título bajo el brazo sin conocer siquiera unas nociones básicas de evoluciones lingüísticas sobre su propia filología, por poner lo más pragmático). Para creer en la esperanza de la que habla al final se acaba necesitando otra esperanza a mayores, y más grande.

Por otra parte, tampoco ha dicho nada que no conociéramos. Supongo. Además, se echa en falta alguna referencia al modelo anglosajón, que es de donde estamos importando todas estas patochadas educativas; aunque sinceramente no creo que pueda reprochársele nada de lo escrito.

Vale.

Publicada el: en 28/01/2010 a las 12:27 Comentarios (0)
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Soneto a tus vísceras

Poema de Baldomero Fernádez Moreno, dedicado a su “Lesbia” particular:

Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.

Canto a tu masa intestinal rosada
al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.

Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.

Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos…
Yo soy un sapo negro con dos alas.

El soneto es bastante simple: hace una enumeración de los “detalles” de la amada, a lo Sabina (salvando las distancias), sin demasiados artificios por el medio, y llega al intrigante verso del final. Como parodia de toda la poesía de amor desde Petrarca en adelante, la cantinela de la “belleza interior” y demás elementos del estilo, es impagable; aparte de reflejar bastante bien el cansancio por todo el ripio amoroso arrastrado por una tradición de siglos. Aunque también, como todo soneto, no falta el idealismo poético de toda la vida: yo al “acre olor orgánico que exhalo” le llamo “sudor” (o peste marinera), y santas pascuas.

En cuanto al último verso, el asunto ha dado bastante que hablar, y no parece que se saque en claro a qué pretende referirse. Hay quien ha pretendido sustituirlo por “asistiendo al nacimiento de tus alas” y demás versiones que rompen el encanto del apóstrofo final -o sea, que es como si en el soneto de Gerardo Diego sustuimos el “mudo ciprés en el fervor de Silos” por “subir queriendo hacia el ciprés de Silos”, o algo así, para dejar el soneto cojitranco-, aunque afortunadamente no tuvo demasiado éxito, que ya es bastante.

La metáfora en cuestión es complicada, pero siguiendo la línea de dos entradas más atrás, creo que bien se puede hacer una interpretación “catuliana” del asunto: al cantar a las viscosidades de la amada, el poeta se siente también partícipe de esa suciedad (sapo) con un deseo sexual enorme bastante esperable, lo que le lleva a sentirse todo él un “órgano reproductor” (es en lo que se transforma el sapo) que quiere volar al interior de la amada, y creo que ya no hace falta decir con qué parte del cuerpo se identifican las “dos alas” de marras. Será por metáforas sucias a lo largo de los tiempos.

Vale.

Publicada el: en 19/01/2010 a las 14:50 Comentarios (215)

Gabriel Bocángel


A un soldado que permaneció de pie un rato después de haber sido muerto

Tu obstinado cadáver nos advierte
que hay vida muerta, pero no vencida,
pues sólo en tu valor, sólo en tu vida,
algo miró después de sí la muerte.

Fuerte es la Parca, pero tú más fuerte;
no se debió a su golpe tu caída;
tú contra ti la ayudas ya rendida,
que, ¿quién pudiera, sino tú, vencerte?

Tú dividiste el trance indivisible
de morir y postrarte, tan altivo,
que en el daño común no hallas ejemplo.

¿Cuánto más que inmortal y que invencible
contemplaré que fuiste cuando vivo,
si el cadáver intrépido contemplo?

Supongo que éste es el mejor soneto del autor en cuestión, o al menos el que más fama ha conseguido. Un soldado, herido en plena batalla, muere al instante, pero permanece un tiempo en pie antes de caer al suelo: es sólo él, y no el golpe de la muerte, el que se ha vencido definitivamente a sí mismo. Un tema bastante original que termina con la reflexión sobre la esperable valentía del soldado en vida.

Aunque es el último de los poetas “destacados” del siglo de oro, Bocángel no es demasiado conocido fuera de ámbitos universitarios y alguna que otra colección dispar (que fue donde yo lo encontré), entre otras cosas porque en los institutos ni se le menciona. Tuvo la vida esperable de todo poeta del XVII: bibliotecario del cardenal infante, formación humanística, cierto éxito mientras vivía y poco más que destacar. Como sonetista me parece -por mucho que el canon haya opinado lo contrario- al mismo nivel que Villamediana o Soto de Rojas: parte de una base gongorina, idealizadora, aunque tiene mayor claridad y la pulidez de los endecasílabos es impecable. Suele exponer los temas con bastante ingenio, además de con un sentimiento digno de Garcilaso:

Ya de puro dolor dolor no siento,
que es la naturaleza mi cuidado,
y a los males estoy tan enseñado
que temo más la dicha que el tormento.

Fuera de los sonetos, aun así, la calidad no es ya tan buena; está claro que el arte mayor tiene sus adeptos.

Decía un tal José Mas que Bocángel “no se merecía tanto olvido”. De todas maneras nadie le hizo caso, y eso que hablaba para niños.

Publicada el: en 16/01/2010 a las 11:23 Comentarios (0)

El pene de Catulo


Son bastante famosos los poemas 2 y 3 del poeta romano en cuestión, dedicados al “pájaro” de Lesbia:

II
Passer, deliciae meae puellae,
quicum ludere, quem in sinu tenere,
cui primum digitum dare appetenti
et acris solet incitare morsus,
cum desiderio meo nitenti
carum nescio quid lubet iocari,
et solaciolum sui doloris,
credo, ut tum grauis acquiescat ardor:
tecum ludere sicut ipsa posse
et tristis animi leuare curas!

(Gorrión, delicia de mi doncella,
con quien juega, a quien en el seno resguarda,
al que suele dar la yema del dedo
y agrios mordiscos le incita:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!).

III
Lugete, o Veneres Cupidinesque,
et quantum est hominum uenustiorum:
passer mortuus est meae puellae,
passer, deliciae meae puellae,
quem plus illa oculis suis amabat.
nam mellitus erat suamque norat
ipsam tam bene quam puella matrem,
nec sese a gremio illius mouebat,
sed circumsiliens modo huc modo illuc
ad solam dominam usque pipiabat;
qui nunc it per iter tenebricosum
illud, unde negat redire quemquam.
at uobis male sit, malae tenebrae
Orci, quae omnia bella deuoratis:
tam bellum mihi passerem abstulistis.
o factum male! o miselle passer!
tua nunc opera meae puellae
flendo turgiduli rubent ocelli.

(Llorad, oh Venus y Cupidos,
como los más sensibles de los hombres.
El gorrión de mi doncella ha muerto,
el gorrión, delicia de mi doncella,
a quien amaba más que a sus ojos;
pues de miel era, y conocía a su dueña
tan bien como una niña a su madre;
nunca se apartaba de su regazo,
sino que, saltando a su alrededor,
piaba constantemente para su ama.
Y ahora hace un camino de tinieblas,
hacia un lugar de retorno prohibido.
Sed malditas, malignas sombras del Orco,
que devoráis las hermosuras todas;
este gorrión tan hermoso me arrancasteis.
¡Oh suceso funesto! ¡Oh gorrión desgraciado!
Ahora, por tu culpa, los ojitos de mi doncella
de tanto haber llorado se enrojecen).

Cursilismo aparte, los poemas han sido de los más leídos a lo largo de los tiempos, y no faltan imitaciones paródicas como la de Lope, en el 101 de las Rimas humanas y divinas, y unas cuantas más. Por lo que aparece unos cuantos poemitas más adelante, unos tales Aurelio y Furio lo tildaron de “maricón” y demás lindezas (dadas las “atenciones” poco masculinas que le prestaba a Lesbia), a lo que él responde en términos bastante más parecidos a su estilo poético propio:

Por culo os voy a dar y por la boca,
Aurelio maricón, y puto Furio.
que decís que no tengo yo vergüenza
porque algo afeminados son mis versos.
(…)
Vosotros que leísteis tantos miles
de besos ¿poco hombre me creéis?
Por culo os voy a dar y por la boca.

Teniendo en cuenta estos antecedentes “chabacanos” del poeta hay a quien le ha parecido más que extraño composiciones como las de arriba, bastante más propias de un idealista como Ovidio que del mejor de los neotéricos. Y sí, es cierto que puede interpretarse inocentemente y no ver ahí nada más que un canto al gorrioncillo de la amada seguido de una “elegía” en términos actuales, pero desde que cierto comentarista del siglo XV sacó la idea, no ha faltado quien defienda que el “pajarito” no es otra cosa que el pene de Catulo: juguete y delicia de la amada que habría llegado a una de etapa de impotencia bastante clara por la que tiene que lamentarse hasta Venus.

Para ser sinceros, es bastante complicado saber qué pasaba por la mente de Catulo en algún día incierto del siglo I a.C. que le condujera a componer semejante cosa, pero no dejan de ser sospechosos varios detalles –bastante a la vista- que nos llevan a esta interpretación diferente: ¿es habitual tanta hipérbole en Catulo, que precisamente era quien criticaba la sublimidad excesiva de la poesía de entonces? ¿Es normal que Lesbia pudiera tener un gorrión “domesticado”? ¿Por qué usa el “me” con tanto ahínco para referirse a un pájaro que no es suyo?

Como anécdota, es bastante llamativo que Catulo pudiera salvarse con esto de las críticas de la moral republicana cuando a Ovidio lo desterrarían con la excusa de haber escrito el Ars amandi.

Vale.

Publicada el: en 10/01/2010 a las 19:45 Comentarios (203)

La prostituta y la santa


Hace unos días me preguntaron, al calor de una cafetería, que por qué “no volvía a los blogs” y me dejaba de pasear insomne por páginas y páginas como la santa compaña de la era posnuclear. Como no fui capaz de saber demasiado bien qué responder, y como tampoco había muchas opciones donde elegir, aquí estoy otra vez, dispuesto para el arrastre. Todo vuelve, aunque sea cambiado.

En esa misma cafetería surgió cierta charlita a propósito de un poemilla antiguo, intrigante, poco conocido y en una lengua que pocos, creo, se van a atrever a aprender. Los ingredientes perfectos para el típico cóctel de discusión sobre la veracidad de la Atlántida, el continente de Mu o las novelas de Dan Brown. El asunto se hacía más interesante por cuanto el poemilla estaba incluido con otros poemillas que, más o menos, trataban de la misma cosa, y que por no ser más que las raíces primeras de las “ciencias ocultas” terminaban por resultar bastante atrayentes, como mínimo. Supongo que todos recordamos El péndulo de Foucault, la segunda novela de Umberto Eco, que es para la literatura “ocultista” algo así como lo que El Quijote para las novelas de caballerías. El capítulo 50 iba introducido, como todos, por el fragmento de cierto texto que tenía que ver con el desarrollo del argumento:

Porque yo soy la primera y la última.
Yo soy la honrada y la odiada.
Yo soy la prostituta y la santa.

Para muchos, como es mi caso, ése fue el primer contacto “literario” con el hermetismo ocultista, cuando nos leímos el libro el verano después del selectivo. El fragmento no nos ofrece demasiadas pistas sobre el significado de sí mismo, pero recuerdo que ya la primera vez me dejó bastante impresionado, no sé si por la fuerza bíblica de la estética o por el contexto en que el que lo había metido Eco, o por una mezcla ingeniosa de ambos. No fue hasta hace algunos días, sin embargo, cuando, a cuento de la charla en la cafetería, me animé a hacer sobre él el trabajo de literatura comparada del cuatrimestre. La verdad, buscar información sobre lo oculto nunca fue, que digamos, demasiado fácil, y menos en español, a no ser que uno sea Dan Brown y pueda inventárselo; así que me encontraba ante un texto de dificultad considerable con muy poco material aclaratorio a mi disposición.

El poema, que –que yo sepa- no tiene título oficial, está incluido en el códice VI de Nag Hammadi, toda una suculenta biblioteca egipcia encontrada después de la II Guerra Mundial donde, además de toda la retahíla de textos gnóstico-herméticos, tenemos unos cuantos evangelios apócrifos y una reescritura falseada de la República de Platón. Están en copto, pero dada su cercanía con el Corpus Hermeticum de Hermes Trismegisto se suponen traducciones del griego. Teniendo en cuenta la cercanía del monasterio de San Pacomio, los textos –datados sobre el siglo II d.C.- se habrían llevado allí en una época incierta para ponerlos a salvo de la destrucción de escritos heréticos ordenada desde el cristianismo doctrinario, y por azares del destino permanecieron ocultos hasta que un campesino egipcio se los encontró hace más medio siglo. Sólo contamos en Internet con la versión en inglés del poema, no la original en copto, y ha circulado desde cierto blog una traducción apresurada a la lengua de Cervantes, que pongo aquí tal cual:

Yo fui enviada desde el poder
y he venido a aquellos que reflexionan sobre mí,
y he sido hallada entre aquellos que me buscan.
Consideradme, aquellos que reflexionais sobre mí,
y vosotros que oís, oidme.
Aquellos que me aguardaís, llevadme a vostros.
Y no me perdáis de vista.
Y no hagáis que vuestra voz me odie, ni vuestro oido.
No me ignoréis en ningún lugar ni en ningún momento.
¡Estad en guardia!
No me ignoréis.

Porque yo soy la primera y la última.
Yo soy la honrada y la despreciada.
Yo soy la prostituta y la santa.
Yo soy la esposa y la virgen.
Yo soy la madre y la hija.
Yo soy los miembros de mi madre.
Yo soy la estéril
y muchos son mis hijos.
Yo soy aquella cuya boda es grande,
y no he tomado esposo.
Yo soy la partera y aquella que no da a luz.
Yo soy el consuelo de los dolores de parto.

Yo soy la novia y el novio,
y fue mi esposo quien me concibió.
Yo soy la madre de mi padre
y la hermana de mi esposo
y él es mi criatura.
Yo soy la esclava del que me preparó.
Yo soy la que gobierna a mi criatura,
pero él es quien me concibió antes del tiempo del nacimiento.
Y él es mi criatura a su debido tiempo,
y de él viene mi poder.
Yo soy el brazo de su poder en su juventud,
y él es el báculo de mi vejez.
Y me ocurre aquello que él desea.

Yo soy el silencio incomprensible
y la idea recurrente.
Yo soy la voz de múltiples sonidos
y la palabra de múltiple apariencia.

Yo soy la pronunciación de mi nombre.
¿Porqué me amáis quienes me odiáis,
y me odiáis quienes me amáis?
Aquellos que renegáis de mí, me confesáis,
y aquellos que me confesáis, renegáis de mí.

Aquellos que decís verdad de mí, mentís sobre mí,
y aquellos que habéis mentido sobre mí, habéis dicho verdad de mi.
Aquellos que me conocéis, me ignoráis,
y aquellos que no me han conocido, me conocen.
Porque yo soy el conocimiento y la ignorancia.

Yo soy vergüenza y bravura.
Yo soy desvergonzada; yo estoy avergonzada.
Yo soy fuerza y yo soy miedo.
Yo soy guerra y paz.
Prestadme atención.
Yo soy la deshonrada y la grande.
Prestad atención a mi pobreza y a mi riqueza.
No seáis arrogantes conmigo cuando sea expulsada de la tierra,
y me hallaréis en aquellos que están por venir.

Y no me consideréis en el montón de estiercol
ni os marchéis abandonándome,
y me hallaréis en los reinos.
Y no me consideréis cuando esté exiliada entre aquellos
que han caído en desgracia y en el más remoto lugar,
y no me abandonéis entre aquellos que han de ser asesinados.

Pero yo, yo soy compasiva y yo soy cruel.
¡Estad en guardia!
No odiéis mi obediencia
no améis mi autocontrol.
En mi debilidad, no me abandonéis,
y no temáis mi poder.

¿Por qué menospreciáis mi temor
y maldecís mi orgullo?
Pero yo soy que existe en todos los miedos
y fortalece en el temor.

Yo soy aquella que es débil,
y estoy bien en lugar placentero.
Yo soy inconsciente y yo soy sabia.

¿Por qué me odiáisteis en vuestros concilios?
Porque yo callaré entre aquellos que callan,
y yo apareceré y hablaré.
¿Por qué me odiásteis, griegos?
¿Porque yo soy bárbara entre los bárbaros?
Pues yo soy la sabiduría de los griegos
y el conocimiento de los bárbaros.
Yo soy el juicio de los griegos y de los bárbaros.
Yo soy aquélla cuya imagen es grande en Egipto
y aquella que no tiene imagen entre los bárbaros.
Yo soy aquella que ha sido odiada por doquier
y quien ha sido amada por doquier.

Yo soy aquella a la que llaman Vida,
y vosotros me habéis llamado Muerte.
Yo soy aquella a la que llaman Ley,
y vosotros me habéis llamado Caos.
Yo soy aquella a la que habéis perseguido
y yo soy aquella a la que habéis apresado.
Yo soy aquella a la que habéis temido,
y a mí os habéis unido.

Yo soy aquella ante la que os habéis avergonzado,
y vosotros habéis sido desvergonzados conmigo.
Yo soy aquella que no guarda las fiestas,
y yo soy aquella cuyas fiestas son muchas.

Yo, yo no tengo dios,
y Yo soy aquella cuyo Dios es grande.
Yo soy aquella sobre la que habéis reflexionado,
y me habéis menospreciado.
Yo soy incomprensible,
y habéis aprendido de mí.
Yo soy aquella a la que habéis despreciado,
y reflexionáis sobre mí.

Yo soy aquella de la que os habéis escondido,
y aparecéis ante mí.
Pero cuando os escondáis,
yo apareceré.
Pues cuando aparezcáis,
me esconderé de vosotros.

[fragmentos incompletos]

Y venid a mí quienes me conocéis,
y quienes conocéis mis miembros,
y estableced a los grandes entre las pequeñas primeras criaturas.
Venid a la infancia,
y no la menospreciéis por su pequeñez.
[...]

Yo soy el conocimiento de mi pregunta,
y el hallazgo de aquellos que me buscan,
y la respuesta a quienes preguntan por mí,
y el poder de los poderes en mi conocimiento
de los ángeles, que han sido enviados a mi palabra,
y de los dioses en su edad por mi consejo,
y de los espíritus de cada hombre que existe conmigo,
y de cada mujer que habita en mí.

Yo soy aquella que es honrada y alabada,
y quien es menospreciada con desdén.
Yo soy paz,
y guerra que ha venido por mi causa.
Yo soy extranjera y ciudadana.
Yo soy la substancia y aquella que no tiene substancia.

Aquellos que no están conmigo me ignoran,
y aquellos que están en mi sustancia son aquellos que me conocen.
Aquellos que están cerca de mí me han ignorado,
y aquellos que están lejos de mí son aquellos que me han conocido.

En el día en que me aproximo a vosotros, estáis lejos de mí,
y en el día en que me alejo de vosotros, estoy a vuestro lado.

[fragmentos incompletos]

Yo soy el control y la incontrolable.
Yo soy la unión y la disolución.
Yo soy la permanencia y yo soy la disolución.
Yo soy la que está abajo,
y ellos vienen sobre mí.

Yo soy el juicio y la absolución.
Yo, yo soy la sin pecado,
y la raíz del pecado deriva de mí.
Yo soy lujuria aparente,
y en mí habita la castidad.

Yo soy la voz al alcance de todos
y el discurso incomprensible.
Yo soy una muda que no habla,
y grande es la multitud de mis palabras.
Oidme en la dulzura, y aprended de mi aspereza.
Yo soy la que grita,
y Yo soy expulsada de la faz de la tierra.
Yo preparo el pan y en él encierro mi alma.
Yo soy el conocimiento de mi nombre.
Yo soy aquella que grita,
y yo escucho.

[fragmentos]

Vosotros los derrotados, juzgad a quienes os derrotan
antes de que os juzguen a vosotros,
porque el juez y la parcialidad existen en vosotros.
Si sois condenados por éste, ¿quién os absolverá?
O, si sois absueltos por él, ¿quien os apresará?
Pues lo que habita en vuestro interior es lo que habita fuera de vosotros,
y aquel que os crea en el exterior
es quien moldea vuestro interior.
Y lo que veis en vuestro exterior, lo veis en vuestro interior;
es invisible y es vuestro vestido.
Oídme, los que oís,
y aprended de mis palabras, aquellos que me conocéis.
Yo soy la voz al alcance de todos;
yo soy el discurso incomprensible.
Yo soy el nombre del sonido
y el sonido del nombre.
Yo soy el signo de la letra

[fragmentos incompletos]

Y yo pronunciaré su nombre.
Mirad entonces sus palabras
y todas las escrituras que han sido completadas.
Prestadle atención, aquellos que oís
y también vosotros, ángeles y aquellos que han sido enviados,
y vosotros, espíritus que han sido despertados de la muerte.
Pues yo soy aquella que existe en soledad,
y no tengo a nadie que me juzgue.
Pues muchas son las formas placenteras del pecado,
y la incontinencia,
y las pasiones deshonrosas,
y los placeres fugaces,
que los hombres abrazan antes de la sobriedad
y del regreso a su lugar de reposo.
Y allí me hallarán,
y allí vivirán,
y no morirán de nuevo.

Saltan bastante a la vista los elementos de las tres culturas que impregnan el contexto histórico del poema. Es griego porque es neoplatónico (el poder del que se habla al principio es el Uno gnóstico, esa especie de Dios abstracto y racional al que acceden los que practican el ascenso hacia él, “los que reflexionan”), es judeo-cristiano porque es un texto religioso monoteísta (la voz lírica no es otra cosa que un Mesías) y es egipcio porque es paradójico y ocultista: a diferencia del ideal griego que se impuso después de Parménides, según el cual, y valga el trabalenguas, lo que no es no es porque sólo es lo que es, para la mente egipcia Ra es todo aquello que es y que no es, lo que explica las contradicciones a veces estúpidas que pueden leerse. Y a decir verdad, el estilo de todo el poema parece una extensión repetitiva del ego sum qui sum del Éxodo.

Lo que de principio a fin llama más la atención de todo el poema es, simple y llanamente, la voz femenina: parece que todo sería mucho más fácil e interpretable si el que hablara fuera un hombre. ¿Es una feminización, por razones que escapan a mi compresión, de la figura de Tot-Hermes-Jesucristo? ¿Una herejía que atribuye a Dios rasgos de hembra? No parecen argumentos demasiado convincentes. Muchos podrían decir –y más hoy en día con todo el boom posmoderno del feminismo de Bouvoir y las tesis de Derrida- que la voz se pone en boca de una mujer porque a lo largo de toda la historia literaria occidental, desde Homero hasta Larsson, lo femenino ha estado siempre ligado a lo intuitivo, lo no racional y, en definitiva, a contradicciones de pensamiento y acción. La explicación, sin embargo, es absurda porque implica negar todo el trasfondo filosófico que cualquiera puede ver detrás para buscar un machismo implícito que hay que encontrar con lupa, y tampoco hay que olvidar que el poema de occidental tiene sólo dos tercios. La conclusión a la que se llega, por tanto, es que debe de ser una especie de madre tierra prehistórica que, en su devota fecundidad y trascendiendo al neoplatonismo, tenía connotaciones paradójicas bastante similares a las que se plasman aquí. El enigma está servido.

Aun así, Umberto Eco, en el capítulo introducido por el epígrafe de arriba, da una explicación bastante aceptable al problema, que puede servir de punto de partida para una investigación en serio. La voz sería una personificación a la platónica de la Sabiduría (la Sophía, femenino en griego) que, por medio del Demiurgo, habría creado el mundo “a su imagen y semejanza”, pero como la materia es corruptible y maliciosa, se habría quedado encerrada en su propia creación, de ahí que nos hable de su esencia real en forma “humanoide”. Sophía se encuentra ahora más allá del bien y del mal, y dada su naturaleza puede entregarse tanto a los placeres más pecaminosos como al ascenso gnóstico a la Verdad de la que se compone.

Y entre todo esto, tampoco falta por Internet la versión sui generis que le dio Paulo Coelho al asunto en Once minutos (el famoso “Himno a Isis”), espetándole dos versos finales bastante “llamativos” que adaptan el poema al contenido de su novela, que ya es otra historia. Uno siempre puede hablar luego de ello en las cafeterías.

Vale.

Publicada el: en 07/01/2010 a las 15:56 Comentarios (186)